El sol intenta abrazarme y no estoy. Aparecen los mosquitos que se alimentan de mí. Una planta seca me dio frutos y yo no encuentro raíz. Febrero. Febrero. Cisnes de plástico nadan sobre el petróleo y antibiótico de las salmoneras. Se establecieron los cuatro reinos de la locura y no me canso de gritar: ¡Que se acabe el capital! La humanidad rastrera tendrá de qué acordarse cuando por fin el agua se transforme en alquitrán. Subirán por las aguas nuestros cadáveres y los niños de metal sabrán jugar con esa arena salivosa de la nueva realidad. O tan solo se encapsularán rodeados de pantallas que proyecten prehistóricos paisajes de nuestras tumbas oxidadas. La civilización de museo. Rájenles los bolsillos y vean: nuestras batallas serán anécdotas y no escribiremos la historia.
Me moriré de anorexia. Me enterraré en el mar con las gaviotas despidiéndose a carcajadas, y veré desde el mar mis entrañas colgando de los postes como cables. Las gotas de sangre cayendo como llovizna matutina confundirán a los peces. Y después de toda la artimaña de las cuatro pirámides, solo encontrarán decepción y enfermedad.